jueves, 30 de junio de 2016

NOVIO DE MARIBEL ... ¿GAY?

El sábado 17 de agosto de 1957, el escritor y periodista salvadoreño Ítalo López Vallecillos se enfrentó a su jefe, el joven Jorge Pinto Meardi, en la sala de redacción del diario capitalino “El Independiente”. López Vallecillos tenía 25 años, provenía de un estrato social bajo y poseía pensamiento de izquierdas, pero atisbaba los efectos éticos y sociales de lo que el efervescente Pinto Meardi deseaba hacer, por lo que de inmediato le presentó la renuncia como subdirector-gerente de aquel medio impreso, cuestionador del estatus quo al que pertenecían su propietario Pinto Meardi y sus familias. Por aquellos días, la Policía Nacional había allanado el local de un club juvenil de basquetbol, el Arcoiris, a cuyos integrantes había acusado de instigar, fomentar y tolerar comportamientos homosexuales reñidos con la moral y las buenas costumbres. En aquel tiempo, nadie asociaba el tema de la película “El mago de Oz” con la comunidad gay y ni siquiera se usaba esa palabra para englobar a la comunidad homosexual. Con lo que las autoridades salvadoreñas no contaban era que aquella asociación deportiva y juvenil estaba formada por muchos de los descendientes de las familias más acaudaladas del país, entre quienes se destacaba Enrique Álvarez Córdova. Esas familias del más alto estrato productivo pusieron a sus abogados a la orden para que aquellos muchachos salieran de prisión en el mayor sigilo posible y sin abrir posibilidades a una mayor repercusión social. Pero el caso no quedó del todo oculto, pues hubo una filtración desde dentro del cuartel central de la PN. La lista con los nombres reales de los capturados y sus “nombres de guerra” fue entregada a los directores del semanario capitalino “El machete”, conducido por los jóvenes universitarios Álvaro del Cid y J. Humberto Durán, también del sector izquierdista de la juventud salvadoreña de la década de 1950. Aquella información era una bomba de palabras, un verdadero explosivo llamado a estremecer los cimientos de una sociedad de pensamiento conservador en diversos campos y acciones. Pero era una bomba atómica demasiado grande para que solo aquellos dos jóvenes la afrontaran, por lo que buscaron aliarse con Jorge Pinto Meardi, un joven de la clase alta, con inquietudes sociales y quien -según ellos- podría afrontar mejor la exposición ante aquella divulgación tan radiactiva. Pinto Meardi entregó la lista de nombres y alias a López Vallecillos, con la orden de que apareciera en la primera plana del siguiente número de “El Independiente”, para que coincidiera con la aparición del semanario aliado. López Vallecillos se fue y la publicación salió, bajo la total responsabilidad de ambos medios. Aquello constituyó el primer capítulo de afrenta a la masculinidad de la clase alta nacional. Fue un ataque directo a su formación religiosa, educación y buenas costumbres. Se convirtió en un terreno abierto para las murmuraciones, pero también para la solidaridad de clase y de apoyos desde la clase media y baja, escandalizadas por aquellas divulgaciones. En desagravio, fueron organizadas varias misas solemnes y en las entradas de los templos se colocaron los representantes de aquellas familias, para recibir los saludos y apoyos de todos aquellos que desearan expresar su desacuerdo con aquella campaña difamatoria e indignante en contra de sus jóvenes descendientes. El catolicismo en su conjunto no estaba dispuesto a permitir el avance de esos rumores humillantes en contra de sus vástagos, algunos de los cuales eran novios oficiales de algunas de las bellezas salvadoreñas más despampanantes, como la sin par Maribel Arrieta Gálvez, primera princesa del concurso Miss Universe 1955. Casi al mismo tiempo en que los sacerdotes ofrendaban corazones y sentimientos ante los altares del dios viviente, varias turbas anónimas -espontáneas, jamás contratadas ni pagadas por nadie- llegaron hasta las sedes del diario y del semanario, cuyos talleres y oficinas redujeron a una masa de escombros, a la vez que gritaban muertes contra sus directores y jefes de redacción. Desde el sector jurídico contratado por las familias, se buscó el enjuiciamiento de esos personajes difamatorios y que no se les permitiera volver a abrir aquellos pasquines que no podían ser considerados medios serios y educativos para una sociedad de fuerte raigambre religiosa y donde lo principal era la práctica permanente de las buenas costumbres. “El machete” jamás volvió a dar filazos contra nadie. “El Independiente” resurgió de sus cenizas por un tiempo más, hasta que Jorge Pinto Meardi y su “grito del más pequeño” salieron rumbo a la capital mexicana, de donde no regresarían. De esos dos números publicados por el diario y el semanario no quedan ni sus recuerdos, pues las ediciones fueron destruidas o -si es que existen algunos ejemplares- son motivo de escondida memoria familiar. Seis décadas casi han pasado desde entonces. De allá para acá, la sociedad salvadoreña aún se debate entre orgullos y tolerancias en cuanto al tema social de la homosexualidad. Proliferan las palabras denigrantes contra sus integrantes, persiste el rechazo a su opción sexual y la sociedad ejerce un papel cuestionable en cuanto a su visión real del asunto. Hay quienes vociferan en su contra en redes sociales. Hay quienes toleran con condiciones. Otras personas se niegan a ver cuántas amistades LGBTI tienen o asumen siempre la posibilidad de “reconvertirlos hacia el lado iluminado de la realidad”. Lo único cierto es que, en seis décadas, mucha homofobia e intolerancia ha corrido entre la población salvadoreña, dentro y fuera del territorio nacional.

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